Hacía tiempo que llevaba viviendo con una pena muy grande mi corazón, y es que nunca antes me habían echado de un bar como lo que me sucedió en aquella Herriko Taberna. Entre con mucha sed y pedí una copa de Osborne, y entonces el camarero me miró detenidamente, y me dio la contestación a algo en Euskera.

 

Yo le dije que a mí me hablara en español, y entonces todos los del bar se levantaron, me cogieron en volandas y me lanzaron, atravesando la vidriera, a la sucia calle. Y todo por no saber Euskera.

 

Así que decidí aprender ese idioma para no volver a ser discriminado por la sociedad vasca. Me apunte a ese sitio que llaman euskaltegi, empezando desde el nivel más básico, para sacarme la titulación, de pegármela en la frente y entrar en esa herriko taberna para demostrarles que son un vasco más, por mucho que aborrezca al PNV.

 

Entonces me di cuenta de la complejidad que entraña el idioma que quería aprender. A mí me sonaba a música celestial el izan, el ukan, y lo único que conseguía memorizar perfectamente eran los tacos, ya que al ver mis ejercicios la profesora los soltaba por doquier.

 

Era el día del examen para pasar al siguiente nivel y estaba desesperado, siendo consciente de que iba a tener un fracaso rotundo. Por eso, antes de presentarme en el aula me ventile cinco botellas de patxaran Olatz, y en el examen no era consciente de lo que hacía, pero cuando fui a ver los resultados, me sorprendí al encontrar que la máxima calificación me la habían otorgado a mí.

 

Me di cuenta del gran poderío que me otorgaba ese pacharan vasco, y comprendí que no era necesario estudiar Euskera para presentarme a los exámenes, así que fui a todas las convocatorias de los exámenes, ventilándome anteriormente garrafones de ese pacharan, y siendo la mejor nota en todos los casos. No entendía cómo, pero con el pacharan me convertía en un euskerahablante sin tener ni idea del idioma.

 

Ya sólo me quedaba el examen final para conseguir la titulación, y estaba orgulloso de mí mismo, cuando me di cuenta de que tendría un examen oral. Ese era un problema, porque podían descubrir mi truco y repudiarme sin dudarlo, de tal manera que todo mi esfuerzo en tragar hubiera sido en vano.

 

Por lo tanto, tome una determinación, que fue llenar de alcohol el bidón de agua donde bebían los examinadores. De esa manera, cuando entré en el aula ellos estaban más borrachos que yo.

 

Tengo que decir que suspendí ese examen. Lo suspendí porque se empeñaron en hacerme hablar en arameo, y lógicamente el pacharán no me permitía hablar esos idiomas, aunque en mi juventud yo era un gran conocedor de ese idioma, y gracias a mí se acuñó esa frase de "cuando los burros hablen en arameo".

 

Pero no será tanto el problema de suspender, porque ellos cometieron un gran error al pasar mi nota al expediente, y hace poco me llegó el título a casa. Ya sé que tenía que haberles denunciado por ir borrachos al trabajo, pero tampoco iba a protestar por el hecho de que ya tenía lo que quería y sin haberme estrujado el coco lo más mínimo.

 

Ahora me gustaría aprender ruso, y soy consciente de que tendré que emplear todas mis reservas de vodka para obtener el KGB.